Mozart en vena
#miscelánea
Los que me conocen saben que llevo tiempo dando la lata con el tema de Mozart y la concentración. Les explico que en esos días en los que la montaña de trabajo me sepulta pero estoy desconcentrada, en los que la pantalla en blanco del ordenador me produce un considerable efecto “espantá” y en los que procastinar se conjuga en primera persona del singular, lo que hago es ponerme Mozart “en vena”. Y todo cambia.
El cerebro se alinea con la música de Mozart y se activa casi inmediatamente, produciendo un efecto estimulador que empuja a ponerse a trabajar. Intento convencerles de que lo prueben un día para que vivan el “efecto Mozart” en primera persona pero siento que no les convenzo mucho. “Ya está Anna otra vez con el tema de Mozart y la concentración”, parecen pensar.
Pero he encontrado el argumento irrefutable: ha caído en mis manos un libro del otorrinolaringólogo francés Alfred Tomatis titulado “Pourquoi Mozart” del que os transcribo algunas líneas:
En sus obras reina un sentimiento de seguridad permanente. No hay momentos insólitos. Todo está perfectamente ligado. El pensamiento se desarrolla sin choques ni sorpresas. Mozart se vuelve así accesible a todos y jamás nos cansamos de escucharlo. Mozart tradujo los ritmos eternos a su manera y a la nuestra. Supo adaptarlos a nuestras propias neuronas. Su instrumento no fue ni el piano ni el violín sino el hombre mismo. Supo ponerlo en resonancia musical con el universo. Y este es el milagro de Mozart: colocar al ser humano al unísono con la armonía universal.
Parece ser que los ritmos, las melodías, la métrica, el tono, el timbre y las frecuencias de la música de Mozart logran estimular nuestro cerebro debido a la propiedad de algunos tonos y ritmos que ayudan a fortalecer la mente, a vivificar la creatividad y a activar emociones.
Así que, ahora, ya no hay excusas. Probadlo, de verdad. Es increible.




